Creo que nunca os he contado mi historia completa con Antonio. Es bastante larga y al contarla correría el riesgo de suprimir detalles bastante importantes. Además, es nuestras historia, de Antonio y mía. Así que dejémoslo básicamente en que él llegó en un mal momento de mi vida, me hizo un regalo precioso y tras siete meses me acabó conquistando. Pero mi mente a veces estaba más pendiente de mi anterior pareja que de él. Eso le hizo convertirse en una persona desconfiada, controladora, con poca autoestima, celosa... Y yo soy una chica a la que le gusta que los hombres por la calle le miren o le piten con el coche. Una de esas chicas que ponen cara de pocos amigos cuando alguien le dice un piropo pero que al darse la vuelta, su muesca de desprecio se convierte en una sonrisita contenida. Soy una chica que ha visto demasiadas películas de amor.
Y esta chica que ha visto demasiado dramas amorosos conoció a un chico y empezó a hablar con él. Le empezó a gustar y todo se complicó entre Antonio y ella. Ya no sabía si seguía queriendo a Antonio o no, si quería empezar una relación con el nuevo chico o no... No sabía nada.
Así es como llegamos al punto de la historia de la que os quería hablar: a la carta.
Hoy, tres meses después y en un punto de la historia muy diferente, la he releído y me ha apetecido compartirla con vosotros. Aquí tenéis:
Sé que no quieres ni oír hablar de mí. Sé que no quieres verme ni en sueños. Sé que estás cansado de mis idas y venidas. Sé que esta carta te va a sonar a un poco de esto y aquello, a siempre lo mismo y que, probablemente no termines de leerla o ni la empieces siquiera. Pero aún así, y a pesar de todo, yo necesitaba escribir esto. Soy consciente de que probablemente no me responderás (y si lo haces no será para bien), pero al menos me habré desahogado. Me paso las noches en vela por miedo a quedarme dormida. Miedo a dormir y soñar. Miedo a pasar la misma angustia cada noche. Entonces recuerdo aquellos últimos días en los que eras tú quien no podías dormir. Recuerdo tus sueños extraños y me pregunto “¿estaré pagando por todo lo que le hice pasar?”. Ahora comprendo cómo te debiste sentir. Ahora comprendo que no fue fácil tu situación. Ahora comprendo que te habría venido bien un poco más de amor y menos cariño (el cariño para los amigos).
Te echo de menos. Te echo de menos al escuchar una canción, te echo de menos los viernes por la noche, te echo de menos entre las sábanas, te echo de menos cada vez que me cruzo con un perro por la calle, te echo de menos al ducharme, te echo de menos cuando me arreglo, te echo de menos cada vez que saco la cartera, te echo de menos al acostarme, te echo de menos en mi teléfono… Te echo de menos a cada instante.
Nunca pensé que te perdería del todo.
Se suponía que íbamos a casarnos, a tener hijos juntos y que te acabaría comprando un perro el día que nuestros hijos se fuesen de casa.
Se suponía que iríamos a una cabaña y que con una copa de vino y sábanas blancas, haríamos a Manuel.
Se suponía… Pero supongo que yo lo estropeé todo.
Sólo puedo decir que lo siento mucho y que me gustaría que mi actitud hubiera sido diferente. Hice muchas cosas mal. No te presté la atención que merecías, no me esforcé lo suficiente, no te quise cuanto pude. En este caso, la confianza mató al gato. Pobre gatito… y que perro más tonto, que se enamoró del animal más arisco de todos.
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