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“Que la comida sea tu alimento y el alimento tu mejor medicina” Hipócrates

viernes, 30 de noviembre de 2012

No estás sola.

Esta semana no ha ido nada bien. He ayunado, me he desmayado y me he atracado, recuperando los kilos perdidos y más. Nunca aprendo. Después de tantos años en esto, debería saber ya que esta no es la forma más eficaz de perder peso. ¿Qué le pasa a mi mente?
¿Por qué no puedo ser una persona normal? 


Vamos a echarle la culpa a la sociedad, a nosotros mismos, a la baja autoestima que tenemos... vamos a echarle a alguien la culpa si así nos sentimos mejor. El caso es que hay que dejar de compadecerse de una misma, dejar de pensar "no puedo" y luchar con todas nuestras fuerzas.
Mírate al espejo y di "esta soy yo y estoy orgullosa de ser así". Todos somos personas, y lo que nos hace ser hermosas no es nuestro índice de grasa, ni nuestra altura, ni los centímetros de nuestra cintura, ni la firmeza de nuestras caderas.Lo que nos hace ser preciosas es nuestro interior y el trato que tengamos hacia los demás. ¿De qué sirve un cuerpo bonito si ello nos lleva a alejarnos de los demás? ¿No os dais cuenta cómo cambia vuestro carácter a medida que avanzáis en esto? Cuanto más intentamos adelgazar, más nos obsesionamos, más nos centramos en nosotras y menos atención prestamos a los demás. Nos alejamos del mundo, dejamos de comer, nos volvemos irascibles.  La falta de comida nos vuelve agrias, serias, sin energía y con mal humor. Empiezas a mentir y la gente de tu alrededor desconfía de ti. ¿Merece la pena? Aunque adelgaces, no serás guapa. Tu comportamiento te "enfea", pues, como ya he dicho, la belleza depende del cariño con el que te miren los ojos ajenos.
Vosotras, que os miráis y no os gustáis, que pasáis las tardes llorando en casa porque no os gusta lo que veis en el espejo, despertad. Despertad de esta pesadilla. Os daréis cuenta de que en la vida hay cosas mucho más importante que el físico y que, realmente, el espejo os estaba engañando y que sois hermosas también por fuera. Hay que ser fuerte y, aunque digas que no te gustas, mírate y di que no piensas volver a caer otra vez, que eres demasiado fuerte para hacerlo. Si quieres, eres capaz. Demuéstrale al mundo y, lo que es más importante, a ti misma, que puedes con esto. Si yo puedo, tú también.
No estás sola.


miércoles, 28 de noviembre de 2012

Carta de mi hermana :')


Lo primero decirte que he intentado entenderte, pero ha sido un poco difícil, créeme. Lo inteligente que siempre has sido y ahora todo esto... es difícil de comprender.
Quiero que te pongas en mi lugar, ¿harías algo? Porque la verdad es que no sé que hacer... y si pudiera hacer algo me encantaría.
Todos intentan ayudarte, pero tú no pones de tu parte, no dejas que te ayuden, y eso complica más las cosas. Si realmente quieres salir de todo esto tienes que querer e intentarlo, aunque te cueste, pero es la única forma de recuperarte. Así que déjate de tonterías y lucha por volver a ser tú: esa hermana que me ha enseñado tantas cosas, a la que siempre he envidiado (envidia de la buena, claro), la que siempre ha dado buen ejemplo, la que ha hablado por sus hermanos, la que nos defiende, la que nos ha ocultado alguna cosa que pensaba que nos haría daño, y la niña perfecta que eras. 
Siempre me han encantado tus cualidades: inteligente, sociable (esa es la que más me gustaba, pues tenías el don de hablar con la gente con mucha naturalidad, mientras que a mi siempre me ha costado más hacer amigos nuevos), guapa, agradable, buen estilo, simpática, con carácter,..... incluso a veces me gustaba que fueras mandona, así no era yo la que tenía que decidir, algo que siempre me ha costado.
Fuiste tú la que me invitó a mi primer cubata,y aunque lo rechazara, el primero que me tomé pensé en tí. Muchas veces has querido que fuéramos de fiesta juntas, y la verdad es que me encantaría! :) Pero para eso me gustaría que te recuperes, pues para las fiestas ahora no tienes energía... además me gustaría que si vamos a una fiesta juntas dejes de pensar en eso que siempre piensas y poder divertirnos sin más! 
Aún tengo una carta que me escribiste hace unos años, que decía que te encantaría que nos llevásemos bien, poder confiar la una en la otra, e irnos de fiestas juntas. A mi también.
He querido hablar muchas veces contigo, pero ahora no me atrevo. Te veo siempre muy ocupada y un poco triste.
Muchas veces me he preguntado si yo he tenido que ver en todo esto, o si yo lo podría haber evitado... no sabes lo que me entristece.
Todos estamos muy preocupados por ti  y es por que te queremos. Si alguna vez te ha molestado que estemos tan atentos a tí, no nos regañes, lo hacemos por tu bien.
Yo confío en ti, confío en que te recuperes, y espero que sea pronto.
Sabes que tienes a muchas personas que te quieren, que te cuidan y que te se preocupan por tí. Deja que esas personas te ayuden.
Todos lo estamos pasando muy mal, incluida tú, pero solo tú es la que realmente puede poner fin a todo esto... solo si tú quieres. Y espero que aunque te cueste lo intentes, porque a mi también me está costando poner de mi parte y cambiar costumbres de mi día a día. Ahora ya no me quejo por cosas que antes me quejaba e intento darte ejemplo a tí. También intento que te regañen menos, que nuestro hermano evite algo de todo esto... Pero la que realmente puede acabar con todo, Dani, te lo vuelvo a repetir, eres tú.
No estaba segura de mandarte esta carta, pero es que tengo mucho miedo, y lo que quiero escuchar de tí es que todo va a salir bien. Dime que todo va a salir bien.
La quiero :)


Es un espejismo en el desierto.


Hoy me he vuelto a ir de clases. Un día me desmayo, otro día me da una bajada de potasio y al otro me entra un ataque de nervios y llanto. Así voy a acabar destrozando mi preciada carrera, ésa con la que siempre soñé desde pequeña.
Fui llorando camino a la estación y un hombre pasó a mi lado y me dijo: "ole que niña más guapa". Me eché a llorar aún más. ¿Por qué no puedo aceptar un piropo? Soy de esas que, al ser alabada, piensa que está siendo ridiculizada o que se rien de ella. Nadie cuerdo me diría que soy guapa. Siempre hay una escusa para no creer las palabras amables de los demás: "está siendo irónico", "me lo dice porque me quiere", "es un viejo al que le van las gordas", "no me ha visto bien"... 
¿Qué coño estoy haciendo con mi vida?
Todo iba relativamente bien, pero la ansiedad me pudo, ¿ansiedad, o necesidad? No lo sé, solo sé que he vuelto a retroceder sobre mis pasos, y eso me lleva a la desesperación.
A veces, solo a veces, siento que no doy más de mi...
Voluntad, ¿dónde estás? Te perdí hace tiempo y no te encuentro, vienes y vas a tu antojo, y cada vez que eso ocurre me haces flojear más y más… Todo esto me desorienta, no sé en qué camino estoy. Hace tiempo que me perdí y no supe regresar de nuevo.
Sólo espero hallar un nuevo camino del que no me desvíe y sepa seguir hasta el final... volver a sentirme bien, sin tropezar.


Patito feo.


Extrovertida, sociable y charlatana. Ocultaba una melancolía profunda y una hipersensibilidad que en muchas ocasiones me hacía llorar a escondidas. Me identificaba con los personajes peor parados de las películas, y las víctimas de los libros. Durante años me negué a leer «El patito feo», porque las burlas que recibía me hacían llorar. Me recordaban demasiado a las que yo recibía. Pero lo cierto es que no era rechazada o ridiculizada en el colegio. Pero las críticas, por insignificantes que fueran, me resultaban insoportables. Se adherían a mí y continuaban presentes durante meses. Un comentario sobre una goma del pelo me hacía cambiar inmediatamente de peinado, un sarcasmo de un profesor hacía que me ardieran las mejillas cada vez que volvía a mi mente. Comprendía al patito feo y lo odiaba, lo compadecía, y deseaba olvidarme de él. Al final llegaba la promesa de la belleza y el reconocimiento, pero yo no creía que eso calmara el dolor inmediato de las burlas.
Imaginaba qué se sentiría siendo sorda, o paralítica, o, sobre todo, ciega. Soñaba con amores imposibles, y con el sufrimiento de amar y no ser correspondida. Me fijaba en los héroes de las películas que morían, y cuando jugaba a ser Clara, la amiga de Heidi, tenía muy presente que era minusválida. Hacía un papel increíble. 
Me encontraba entre las mejores alumnas de la clase sin dedicarle demasiada atención ni esfuerzo. Poseía buena memoria y excelente capacidad para relacionar, y pronto me acostumbré a brillar sin haber estudiado. Nunca me fue necesario, y la idea de suspender me resultaba ajena y muy poco probable. Suspendían las personas tontas, o lentas, y yo no era ninguna de esas dos cosas. Que el resultado final fuera fruto de un esfuerzo ni siquiera pasaba por mi mente. Aunque yo pensaba lo contrario, no poseía fuerza de voluntad, ni espíritu de sacrificio: pero en mi entorno pasaba por constante, porque era tozuda, por obediente, porque deseaba complacer, y por sufrida, porque no era mezquina con los demás, ni me escuchaban quejarme durante las enfermedades. Alababan mi ansia perfeccionista, y mi responsabilidad, sin saber que no tenían raíces profundas, sino que nacían de una desesperada necesidad de aprobación.
Vivía una vida fácil, sólo enturbiada por mi obsesión por las críticas y por no encontrar amigas con las que me llevara bien. La rutina se sucedía, me gustaba el colegio, y me preparaba en secreto para lo que yo creía que sería la vida real, la que esperaba en el instituto, una vida con faldas cortas y novios, y citas, y maquillaje y atenciones.
Había llegado al instituto, y la vida que soñaba distaba mucho de convertirse en realidad. Los chicos rondaban a chicas con ropa bonita y un rebelde desprecio por los estudios. Aún no comprendía que los chicos prefiriesen a otras niñas por tener un cuerpo más esbelto, y pensaba que cambiarían de idea, que se fijarían en mí: que era cuestión de llamar su atención. O que el príncipe azul estaba por aparecer.
Por lo tanto, a los 13 años, mientras mi madre creía que mi cuerpo tenía aún derecho a modificarse por sí mismo, que mi niñez aún continuaba, yo di por sentado que no variaría más sin ayudas exteriores. No me preocupaba mi cuerpo, sino mi pecho, que yo consideraba demasiado abundante, y que llamaba la atención más de lo que a mí me hubiese gustado.
No podía entender a las chicas que lo deseaban. El pecho abultaba las blusas y los jerseys,
rozaba contra las telas, impedía correr y saltar.
Lo que viene a continuación no quiero recordarlo muy bien. Sólo se que jamás me había sentido tan eufórica, tan ligera,y tan deseable. Ocultaba mi orgullo por mi aspecto, y creo que olvidé pronto que se había conseguido mediante el sacrificio. Me gustaba creer que se había debido al estadio final del crecimiento, un proceso natural, algo que se encontraba en mis genes y a lo que yo me sabía abocada desde que había nacido.

martes, 27 de noviembre de 2012

Mi historia: I'm a bulmic and a cutter.


Cuando tenía 12 años pesaba 82kg. Los niños en el colegio me daban de lado por mi peso, siempre pertenecí al grupo de las niñas marginadas, pero yo no sabía que era por mi peso. En realidad, no me di cuenta de que estaba gorda hasta poco después,cuando mi padre me dijo que necesitaba ponerme a dieta y hacer ejercicio.Me inculcó su insana obsesión por el ejercicio escesivo. Me premiaba si comía poco y llevaba un control exhaustivo de mis comidas.
Perdí 14kg en 9 meses.Todo el mundo me decía que estaba más guapa, así que continué. Empecé a esconder la comida y a disimular que no comía. Me gustaba que los demas pensaran que mi cambio físico se debía al estallido final de mi adolescencia, un proceso natural que estaba en mis genes y nada tenía que ver con esfuerzo y sacrificio.
A los 15 años pesaba ya 54kg con 1.66m. Me empezaba a ver bien. Comencé a salir con un chico que, hasta los 17, me hizo sentir menospreciada. Quizás me obsesioné demasiado con las chicas a las que miraba, el caso es que sentí que tenía que cambiar para estar a su nivel. Por aquella época el hambre era algo degradante, no podía mostrar sensación de hambre o apetito ante los demás. Las señoritas no comen en público ni muestran sus necesidades vitales, pensaba. Así que comía a escondidas, picoteaba algo por la noche o cuando no había nadie en casa. Poco a poco, esa manía se fue transformando en atracones, cada vez más frecuentes y de mayor cantidad.
Engordé, como era de esperar. Todo a mi alrededor se desmoronaba: mi figura, mis estudios, la relación con mi novio...
Aprendí a vomitar.
Desde entonces mi peso ha fluctuado desde los 54kg a los 68kg. Ahora mismo peso 62-63kg. A veces como normal, a veces como poco, a veces me atraco, a veces vomito y otras veces, tomo pastillas adelgazantes.
Siento que no valgo para nada más que para comer. No tengo ilusiones. Me siento una carga para mi familia. Ya todos estan hartos de mi problema y no me escuchan ni me ayudan como antes. Me siento sola, triste e incomprendida.
No quiero vivir, para mi esto es un sufrimiento constante, pero tampoco sería capaz de suicidarme. Lo intenté en alguna ocasión y siempre me arrepiento justo en el momento de saltar.
Mátenme, por favor.
Me llamo Daniela Ortiz Velazquez, tengo 19 años. Y soy bulímica y me autolesiono.

Casa de locos.


La situación en mi casa es insostenible. Mi madre no para de gritar y dar portazos. No para de decir palabrotas e insultar. Mis hermanos gritan y ella grita aún más. Esto es una casa de locos. Me da bastante miedo. A veces, tengo la sensación de que los golpes van a acabar en algo peor. Yo me quedo en mi cuarto, escuchando y sin saber muy bien qué hacer.
Soy consciente de que la mayor parte del mal humor de mi madre lo provoco yo, por eso no quiero ir y meterme donde no me llaman. Me da miedo de que en vez de calmar los humos, lo que haga sea empeorar la situación aún más.
“Ya está bien, hombre, ya está bien” “Con la cara hasta el suelo, coño.” “A pisotear te vas tú a tu puto padre” “Que bastante tiempo he sido una esclava, eh” “Será idiota” “Ya no puedo más” “Que algún día me da un infarto y a ver qué hacéis vosotros” “Que me muero, eh, que me muero” …. Son algunas de las frases que estoy escuchando ahora mismo desde mi cuarto.
Esta mañana entró en mi habitación de mal humor, gritándome que me pusiera a hacer algo y que saliese de la cama. Ni un “buenos días”, aquí esas palabras no se han pronunciado nunca. Estaba tomándome la media mañana (una manzana) y tenía una servilleta en la otra mano. Me quitó la servilleta de la mano con cara de asco, y me dijo: “¿esto qué es? Aquí no se come, que aún no aprendes. A ver si aprendemos a comer normal, que eres una cerda que no para de hacer guarrerías. Y sal de la cama y ponte a estudiar, ¿o vas a dejar los estudios? Dime, ¿vas a trabajar o vas a ponerte a mendigar por la calle? Porque yo ya no te doy más oportunidades, que si tú no sales de aquí es porque no te da la gana, y punto. Y porque quieres hacer guarrerías y comer como una cerda. Levántate y haz la cama”. Salió del cuarto y dejó la puerta de par en par. Yo le dije: “cierra la puerta, que estaba cerrada”, a lo que ella me contestó, con odio: “levántate tú y la cierras, que te viene bien moverte un poco”.
Automáticamente después me sentí fatal. Me entraron ganas de pegarme, cortarme, dejar de respirar. Es entonces cuando me pregunto ¿qué sentido tiene seguir viviendo?
Entiendo que esté harta de la situación y entiendo que, a veces, un toque de atención me venga bien para que me espabile y ponga de mi parte… pero hay formas y formas de decirlo. Y eso no fue un mero toque de atención. Eso iba con odio. Lo único que consiguió fue ponerme peor. Pensé: “total, si ya hasta mi madre me ve gorda, qué más da, de perdidos al río…”. ¿Cómo voy a relacionarme con nadie siendo como soy, una cerda?
Mi madre no me comprende ni hace por comprenderme. En esta casa no hay comunicación. Cada uno va a su bola. No nos preocupamos por cómo estará el otro, ni por cómo se sentirá. Aquí solo se preocupan de si comes bien y si no te falta de nada. Pero el tema sentimental no se toca. Nunca se habla de eso, es un tema tabú. Mi madre no habla de lo que le ocurre con nosotros y nosotros no hablamos de lo que nos ocurre con mi madre. Es y ha sido así siempre. Después se queja de que no tenemos confianza con ella, pero es ella la primera que, con su actitud, no nos enseña que la familia tenemos que comunicarnos y decir lo que pensamos. Siempre nos ha tratado como niños pequeños, se ha negado a admitir que crecemos y que no sólo tenemos necesidades materiales.
Tengo un corte por cada grito,
cara de decepción e insulto de mi madre.
                                                               

Volver atrás.

Quiero volver a sentirme débil.
Quiero volver a desvanecerme de hambre.
Quiero volver a llorar de frío.
Quiero sentir mi estómago vacío, no tener nada para vomitar, notar pared contra pared...
Quiero alimentarme de té, café, tabaco, chicles, gelatina diet y nada más.
Quiero sentir ese autocontrol.
Quiero notar como adelgazo semana tras semana.

¿Sería tanto pedir?


¿Sería tanto pedir?
Sólo quiero formar parte de esas fotos. Las miro una y otra vez. Ahí están: mis amigas de fiesta, mis amigas en la playa, mis amigas en el campo, mis amigas en un pub, mis amigas buscando piso para la universidad...
No es envidia, porque las quiero, son mis amigas y me alegro de que sean personas normales, felices y de que hagan su vida. ¿Pero sería tanto pedir que yo estuviese a su lado, haciendo mi vida?
Llevan vestidos, pantalones, faldas... y todo les sienta bien. Son hermosas. Desprenden belleza, luz, felicidad, confianza en si mismas, ilusión.
¿Y yo qué? Yo nada. Yo me escondo. Estoy apagada.
Quiero ser como ellas, tener sus cuerpos, sentirme a gusto conmigo misma, no atormentarme día y noche, salir, reir, disfrutar de estos años, conocer gente, hacer reír, posar en las fotos con naturalidad, abrazar sin miedo, gustarme, quererme...
¿Sería tanto pedir?
¿Por qué ellas tienen esos cuerpos, esa forma de ser y vivir la vida, y yo no?

Esto carcome.


Y poco a poco, noto cómo esto se hace cada vez más y más fuerte. Se nutre en el secreto, en la angustia callada, en una represión de emociones, en un crecimiento interno de la infelicidad y la vergüenza. En el exterior nada ocurre: "pero Dani, ¿qué te pasa? lo tienes todo: eres inteligente, tienes amigos, una madre que lucha para que no te falte de nada, un chico que te quiere...".
No, esto carcome de manera discreta. Durante años ha estado lijando mi interior, hasta dejarme hueca. Y yo sé con qué puedo rellenar ese hueco. Pero no quiero, no debo.
Cuando tomas esa decisión, no es necesario pensar en nada más. Yo ya ni siquiera pensaba en aquello que siempre había ocupado mi mente: amigos, amores y estudios. Todo eso me daba igual. Lo primordial es lo primordial, y lo sabes, Dani.
Me sentía bien conmigo misma: "¡lo estás consiguiendo, Dani!" Me sentía poderosa con todo ese autocontrol. Sólo yo podía decidir cuándo parar.
Pero pasaron meses y el control se convirtió en descontrol. "¿Por qué te alejas de tu meta, Dani?".
Hoy, ya no soy yo quien decide cuándo parar. Busco y rebusco desesperada la fecha de caducidad de esta tortura, pero no la ponen en ninguna parte. Dicen que está en mi...

martes, 20 de noviembre de 2012

No me odies mamá.


Pero Dani, ¿qué estás haciendo?"
Eso mismo me pregunto yo también, mamá, qué coño estoy haciendo con mi vida. Me miro al espejo, me pregunto qué es lo que quiero y la única respuesta que se me viene a la mente es que todo me da igual. Ya no me importa quedarme sola. No me importa no salir nunca más en mi vida. No me importa no tener amigos ni familia. No me importa coger una enfermedad mortal. No me importa no tener hijos ni pareja... Y, para mi sorpresa, ni siquiera me importa ya mi antes deseada carrera... He vivido desde los 6 años soñando con que de mayor sería como tú, mamá: una médico estupenda y muy querida. ¿Y ahora qué? Ahora me da igual. Y me da igual porque ya no puedo estudiar. No puedo dejar de pensar en esto que me atormenta. Sólo puedo acostarme y taparme con seis pesadas mantas. Porque ya no tengo fuerzas para nada más, y tengo un frío horrible. Un frío que cala hasta los huesos y no desaparece. A veces, lloro de frío.
(...)
No sé cómo parar, ni siquiera sé si quiero parar. Yo sólo quería que él me quisiera... ¿tan difícil era?
Mamá... no me odies, mamá. Noto la decepción en tus ojos, la impotencia en los gestos de tu cara, la tristeza en tu voz. Sé que estás preocupada y que he estropeado todo aquello de mi que te hacía sentir orgullosa. Pero por favor, no me odies. Sé que no me comprendes (y quizás nunca llegues a hacerlo), pero te digo de verdad que ya no puedo controlarlo. Sí, es extraño: ¿cómo no voy a poder controlar lo que hago? Pues no, no puedo. Es como si hubiese dos Danis dentro de mi. Una de ellas es muy mala, malísima, y me domina en casi todos los momentos del día. Quiero matarla, mamá.
Ten un poco más de paciencia. Deja que me comprenda a mi misma para que los demás puedan comprenderme también. Puede que no llegue a ser médico, puede que no llegue a ser la mujer inteligente que podría haber sido, puede que me quede sin amigos, puede que mi futuro no sea ni la mitad de lo que iba a ser… pero no me importa. Ya no me importa. Sólo quiero encontrarme a mi misma, y ser feliz. Y, ¿sabes, mamá? Nunca es demasiado tarde para estudiar una carrera, ni siquiera una carrera de diez años. Cuando todo esto pase, tal vez pueda retomar el camino por donde lo dejé… o tal vez no. Pero prefiero dedicarme a ser un poco feliz.
No me odies, mamá. No me odies, por favor…