Extrovertida, sociable y charlatana. Ocultaba una melancolía profunda y una hipersensibilidad que en muchas ocasiones me hacía llorar a escondidas. Me identificaba con los personajes peor parados de las películas, y las víctimas de los libros. Durante años me negué a leer «El patito feo», porque las burlas que recibía me hacían llorar. Me recordaban demasiado a las que yo recibía. Pero lo cierto es que no era rechazada o ridiculizada en el colegio. Pero las críticas, por insignificantes que fueran, me resultaban insoportables. Se adherían a mí y continuaban presentes durante meses. Un comentario sobre una goma del pelo me hacía cambiar inmediatamente de peinado, un sarcasmo de un profesor hacía que me ardieran las mejillas cada vez que volvía a mi mente. Comprendía al patito feo y lo odiaba, lo compadecía, y deseaba olvidarme de él. Al final llegaba la promesa de la belleza y el reconocimiento, pero yo no creía que eso calmara el dolor inmediato de las burlas.
Imaginaba qué se sentiría siendo sorda, o paralítica, o, sobre todo, ciega. Soñaba con amores imposibles, y con el sufrimiento de amar y no ser correspondida. Me fijaba en los héroes de las películas que morían, y cuando jugaba a ser Clara, la amiga de Heidi, tenía muy presente que era minusválida. Hacía un papel increíble.
Imaginaba qué se sentiría siendo sorda, o paralítica, o, sobre todo, ciega. Soñaba con amores imposibles, y con el sufrimiento de amar y no ser correspondida. Me fijaba en los héroes de las películas que morían, y cuando jugaba a ser Clara, la amiga de Heidi, tenía muy presente que era minusválida. Hacía un papel increíble.
Me encontraba entre las mejores alumnas de la clase sin dedicarle demasiada atención ni esfuerzo. Poseía buena memoria y excelente capacidad para relacionar, y pronto me acostumbré a brillar sin haber estudiado. Nunca me fue necesario, y la idea de suspender me resultaba ajena y muy poco probable. Suspendían las personas tontas, o lentas, y yo no era ninguna de esas dos cosas. Que el resultado final fuera fruto de un esfuerzo ni siquiera pasaba por mi mente. Aunque yo pensaba lo contrario, no poseía fuerza de voluntad, ni espíritu de sacrificio: pero en mi entorno pasaba por constante, porque era tozuda, por obediente, porque deseaba complacer, y por sufrida, porque no era mezquina con los demás, ni me escuchaban quejarme durante las enfermedades. Alababan mi ansia perfeccionista, y mi responsabilidad, sin saber que no tenían raíces profundas, sino que nacían de una desesperada necesidad de aprobación.
Vivía una vida fácil, sólo enturbiada por mi obsesión por las críticas y por no encontrar amigas con las que me llevara bien. La rutina se sucedía, me gustaba el colegio, y me preparaba en secreto para lo que yo creía que sería la vida real, la que esperaba en el instituto, una vida con faldas cortas y novios, y citas, y maquillaje y atenciones.
Vivía una vida fácil, sólo enturbiada por mi obsesión por las críticas y por no encontrar amigas con las que me llevara bien. La rutina se sucedía, me gustaba el colegio, y me preparaba en secreto para lo que yo creía que sería la vida real, la que esperaba en el instituto, una vida con faldas cortas y novios, y citas, y maquillaje y atenciones.
Había llegado al instituto, y la vida que soñaba distaba mucho de convertirse en realidad. Los chicos rondaban a chicas con ropa bonita y un rebelde desprecio por los estudios. Aún no comprendía que los chicos prefiriesen a otras niñas por tener un cuerpo más esbelto, y pensaba que cambiarían de idea, que se fijarían en mí: que era cuestión de llamar su atención. O que el príncipe azul estaba por aparecer.
Por lo tanto, a los 13 años, mientras mi madre creía que mi cuerpo tenía aún derecho a modificarse por sí mismo, que mi niñez aún continuaba, yo di por sentado que no variaría más sin ayudas exteriores. No me preocupaba mi cuerpo, sino mi pecho, que yo consideraba demasiado abundante, y que llamaba la atención más de lo que a mí me hubiese gustado.
No podía entender a las chicas que lo deseaban. El pecho abultaba las blusas y los jerseys,
rozaba contra las telas, impedía correr y saltar.
Por lo tanto, a los 13 años, mientras mi madre creía que mi cuerpo tenía aún derecho a modificarse por sí mismo, que mi niñez aún continuaba, yo di por sentado que no variaría más sin ayudas exteriores. No me preocupaba mi cuerpo, sino mi pecho, que yo consideraba demasiado abundante, y que llamaba la atención más de lo que a mí me hubiese gustado.
No podía entender a las chicas que lo deseaban. El pecho abultaba las blusas y los jerseys,
rozaba contra las telas, impedía correr y saltar.
Lo que viene a continuación no quiero recordarlo muy bien. Sólo se que jamás me había sentido tan eufórica, tan ligera,y tan deseable. Ocultaba mi orgullo por mi aspecto, y creo que olvidé pronto que se había conseguido mediante el sacrificio. Me gustaba creer que se había debido al estadio final del crecimiento, un proceso natural, algo que se encontraba en mis genes y a lo que yo me sabía abocada desde que había nacido.
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