Compartí
con Pablo veinte meses, doscientas noches, veinte mil besos, dos mil
recuerdos, veintidós deseos y doscientas mil sonrisas. Es difícil olvidar doscientas
veintidós mil doscientas cuarenta y dos cosas compartidas. Y aún así, él
parece haberlas borrado de su mente en menos de veintidós horas.
Claro
que… veinte meses dan para muchas peleas, muchos celos, muchos malos momentos y
muchas heridas.
El
verano pasado compartí un partido, una victoria, una celebración, un baño, una
noche, una sábana, un solo beso… Un beso prohibido y con sabor a culpa, pero
uno de esos besos que no se olvidan. A veces, ese beso cobra en mi mente más
fuerza que los veinte mil besos de Pablo.
He
pasado un año entero buscando una explicación a aquel beso. ¿Por qué lo
hiciste, Dani? Decidí echar la culpabilidad fuera de mi mente y guardar el
secreto (aunque deseaba contarlo a voces).
Recuerdo
que, el día anterior a ese beso, medité sobre una pregunta que Pablo me hizo
hace tiempo:
-¿Tú crees que se puede querer a dos personas
a la vez?
Sorprendida, y un poco ofendida por su
pregunta, le contesté:
-Sí que puedes. Yo quiero a mis padres, a mis
amigos, a mis hermanos… y a ti.
-No. Ya sabes a lo que me refiero, Dani.
De muy mala gana, y preguntándome a qué
demonios venía esa pregunta, le dije:
-Se puede, pero siempre querrás a una más que
a otra.
En ese
momento, mi respuesta me pareció de lo más lógico: yo quería a Pablo y sólo a
Pablo. Pero allí, ese verano en aquel lugar, no podía estar más en desacuerdo con
mi respuesta. ¿Qué me pasaba? ¿Qué estaba sintiendo? Pensaba en Pablo, en que
estaría en su casa confiando en mi… pero su pelo, sus hombros, sus susurros, su
acento, su olor, su sensibilidad, su sonrisa… todo él me sacaba de mis pensamientos
y hacía que me olvidase de todos y de todo: sólo existían ese lugar, ese
momento, él y yo.
-Jaco,
¿tú crees que se puede querer a dos personas a la vez?
Jaco
guardó silencio unos segundos y muy suavemente, casi susurrando, dijo:
-Claro
que sí, eso es algo muy normal. A mi me ha pasado.
-Pero
es que… yo siempre he creído que solo se podía querer a una persona – estaba
echa un lío, embotada de sentimientos y con la cabeza gacha.
Jaco me
miró dulcemente y acarició mi mejilla. Yo levanté la cabeza. Me perdí en sus
ojos y en su sonrisa… en su eterna sonrisa.
-No te
preocupes.
Mis
compañeras dormían y su compañero también. Sin hablar ni decidir nada, nos
metimos en la misma cama. Nunca olvidaré el tacto de sus pies, su mano
acariciando mi cara, mis dedos jugando con los suyos…
-Toca
mi corazón- le susurré.- ¿Sientes cómo late?
Puso
las manos sobre mi pecho y asintió.
-Mira-
puso mi mano sobre su pecho, - el mío está igual.
Silencio.
Un silencio cálido. Miro sus labios: está sonriendo, como siempre. Los acaricio
suavemente: me gustaría tanto besarlos…
Jaco me
da un beso en la frente y me aprieta fuerte las manos. Yo poso mis labios sobre
sus mejillas, con cuidado, sintiendo su piel y archivando ese tacto en mi
memoria.
Una
sucesión de besos en las mejillas protagonizan los minutos siguientes. Son
besos lentos, suaves y cálidos.
De
pronto, me acuerdo de Pablo. Tengo ganas de llorar. ¿Qué estoy haciendo?
Parece que Jaco lo nota:
-No te
preocupes. Eres una buena persona, y yo sé que le quieres mucho. Esto no se
puede considerar engañar.
Nos
abrazamos.
-¿Qué
estoy haciendo?
-Nada
malo. Son solo besos amistosos, ¿no?- sonríe picaronamente.
Me
gusta su acento y cómo suena su voz a través de susurros en la oscuridad. Le
beso en la mejilla, muy cerca de los labios. Quiero besarle, me muero por
besarle.
-No
quiero que hagas nada que no quieras, Dani. No quiero sentirme culpable si tú
te sientes culpable.
-¿No
quieres besarme? – por un momento palidezco.
-Sí,
pero quiero que lo decidas tú.
Silencio.
Humedezco mis labios.
-Quiero
hacerlo – a penas me sale la voz.
Acercamos
nuestras caras y dejamos que nuestras narices jugueteen dulcemente. Nuestros
labios se acercan. Le beso. Me besa. Nos besamos.
¡Qué
sensación! ¡Qué momento! Me sentía cómoda, segura, tranquila y más feliz que
nunca. ¿Desde cuándo no estaba tan segura de mi misma? ¿Desde cuando no me
sentía tan querida y deseada? Pablo nunca me trataba con la dulzura que lo
hacía Jaco y nunca me hacía sentir así de bien. Por un momento pensé en cortar
con Pablo para intentarlo con Jaco. Luego, la razón volvió a mí: ¿de verdad
vas a estropear una relación de más de un año por un flechazo con alguien que
vive a miles de kilómetros de ti?
Agaché
la cabeza. Me sentía culpable. Mi conciencia no paraba de gritar “¡¿pero qué has
hecho, Daniela?!”
Jaco me
tranquilizó como sólo él sabe.
-Será
nuestro pequeño secreto- susurró.
Un año
entero deseando volver a repetir ese partido, esa victoria, esa celebración,
ese baño, esa noche, ese beso…
Un año
entero guardando un secreto.
Fue mi mejor verano. Y no, no fue gracias a Pablo…
Escrito en verano de 2011, recordando el verano anterior.