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“Que la comida sea tu alimento y el alimento tu mejor medicina” Hipócrates

martes, 6 de agosto de 2013

Mi mayor secreto.

Compartí con Pablo veinte meses, doscientas noches, veinte mil besos, dos mil recuerdos, veintidós deseos y doscientas mil sonrisas. Es difícil olvidar doscientas veintidós mil doscientas cuarenta y dos cosas compartidas. Y aún así, él parece haberlas borrado de su mente en menos de veintidós horas.
Claro que… veinte meses dan para muchas peleas, muchos celos, muchos malos momentos y muchas heridas.


El verano pasado compartí un partido, una victoria, una celebración, un baño, una noche, una sábana, un solo beso… Un beso prohibido y con sabor a culpa, pero uno de esos besos que no se olvidan. A veces, ese beso cobra en mi mente más fuerza que los veinte mil besos de Pablo.
He pasado un año entero buscando una explicación a aquel beso. ¿Por qué lo hiciste, Dani? Decidí echar la culpabilidad fuera de mi mente y guardar el secreto (aunque deseaba contarlo a voces).

Recuerdo que, el día anterior a ese beso, medité sobre una pregunta que Pablo me hizo hace tiempo:
-¿Tú crees que se puede querer a dos personas a la vez?
Sorprendida, y un poco ofendida por su pregunta, le contesté:
-Sí que puedes. Yo quiero a mis padres, a mis amigos, a mis hermanos… y a ti.
-No. Ya sabes a lo que me refiero, Dani.
De muy mala gana, y preguntándome a qué demonios venía esa pregunta, le dije:
-Se puede, pero siempre querrás a una más que a otra.

En ese momento, mi respuesta me pareció de lo más lógico: yo quería a Pablo y sólo a Pablo. Pero allí, ese verano en aquel lugar, no podía estar más en desacuerdo con mi respuesta. ¿Qué me pasaba? ¿Qué estaba sintiendo? Pensaba en Pablo, en que estaría en su casa confiando en mi… pero su pelo, sus hombros, sus susurros, su acento, su olor, su sensibilidad, su sonrisa… todo él me sacaba de mis pensamientos y hacía que me olvidase de todos y de todo: sólo existían ese lugar, ese momento, él y yo.
-Jaco, ¿tú crees que se puede querer a dos personas a la vez?
Jaco guardó silencio unos segundos y muy suavemente, casi susurrando, dijo:
-Claro que sí, eso es algo muy normal. A mi me ha pasado.
-Pero es que… yo siempre he creído que solo se podía querer a una persona – estaba echa un lío, embotada de sentimientos y con la cabeza gacha.
Jaco me miró dulcemente y acarició mi mejilla. Yo levanté la cabeza. Me perdí en sus ojos y en su sonrisa… en su eterna sonrisa.
-No te preocupes.


Mis compañeras dormían y su compañero también. Sin hablar ni decidir nada, nos metimos en la misma cama. Nunca olvidaré el tacto de sus pies, su mano acariciando mi cara, mis dedos jugando con los suyos…
-Toca mi corazón- le susurré.- ¿Sientes cómo late?
Puso las manos sobre mi pecho y asintió.
-Mira- puso mi mano sobre su pecho, - el mío está igual.
Silencio. Un silencio cálido. Miro sus labios: está sonriendo, como siempre. Los acaricio suavemente: me gustaría tanto besarlos…
Jaco me da un beso en la frente y me aprieta fuerte las manos. Yo poso mis labios sobre sus mejillas, con cuidado, sintiendo su piel y archivando ese tacto en mi memoria.
Una sucesión de besos en las mejillas protagonizan los minutos siguientes. Son besos lentos, suaves y cálidos.
De pronto, me acuerdo de Pablo. Tengo ganas de llorar. ¿Qué estoy haciendo? Parece que Jaco lo nota:
-No te preocupes. Eres una buena persona, y yo sé que le quieres mucho. Esto no se puede considerar engañar.
Nos abrazamos.
-¿Qué estoy haciendo?
-Nada malo. Son solo besos amistosos, ¿no?- sonríe picaronamente.
Me gusta su acento y cómo suena su voz a través de susurros en la oscuridad. Le beso en la mejilla, muy cerca de los labios. Quiero besarle, me muero por besarle.
-No quiero que hagas nada que no quieras, Dani. No quiero sentirme culpable si tú te sientes culpable.
-¿No quieres besarme? – por un momento palidezco.
-Sí, pero quiero que lo decidas tú.
Silencio. Humedezco mis labios.
-Quiero hacerlo – a penas me sale la voz.
Acercamos nuestras caras y dejamos que nuestras narices jugueteen dulcemente. Nuestros labios se acercan. Le beso. Me besa. Nos besamos.

¡Qué sensación! ¡Qué momento! Me sentía cómoda, segura, tranquila y más feliz que nunca. ¿Desde cuándo no estaba tan segura de mi misma? ¿Desde cuando no me sentía tan querida y deseada? Pablo nunca me trataba con la dulzura que lo hacía Jaco y nunca me hacía sentir así de bien. Por un momento pensé en cortar con Pablo para intentarlo con Jaco. Luego, la razón volvió a mí: ¿de verdad vas a estropear una relación de más de un año por un flechazo con alguien que vive a miles de kilómetros de ti?
Agaché la cabeza. Me sentía culpable. Mi conciencia no paraba de gritar “¡¿pero qué has hecho, Daniela?!”

Jaco me tranquilizó como sólo él sabe.
-Será nuestro pequeño secreto- susurró.



Un año entero deseando volver a repetir ese partido, esa victoria, esa celebración, ese baño, esa noche, ese beso…
Un año entero guardando un secreto.


Fue mi mejor verano. Y no, no fue gracias a Pablo… 

Escrito en verano de 2011, recordando el verano anterior.


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