Soy de esas que cuando va a una heladería se le ponen los ojos como platos y se le hace la boca agua al ver tantos sabores diferentes. Lleno los ojos antes que el estómago. Me pongo nerviosa, me entra la ansiedad y no sé cuál elegir. Me gustaría poder pedirme una tarrina de cada, pero me da miedo engordar.
Mi helado preferido es el de nata con nueces. Lo he pedido miles de veces. Se podría decir que soy bastante fiel a ese helado, pero a veces me gusta cambiar de sabor por no aborrecerlo. Otras veces, simplemente, es que en la heladería a la que voy no lo encuentro y, aunque me apetezca, no me queda más remedio que comerme otro.
Normalmente, como tardo tardo tanto en elegir, la heladera, que me ve pasear los ojos delante de la cristalera con cierto dolor, se ofrece a darme a probar algún helado para ver si así salgo de dudas. Me da una cucharadita de uno de los helados, "pruébalo,
sin compromiso" me dice.
Así que al final, tras un largo paseo por el escaparate y esa dulce cucharadita de prueba, acabo eligiendo una tarrina de doble sabor. Siempre. Rara vez pido una tarrina de un sabor único. ¿Por qué tener uno cuando puedes disfrutar de dos? En menor cantidad, pero son dos sabores diferentes, al fin y al cabo.
La única pega es que, en mitad de la tarrina, donde se unen los dos helados, se mezclan los sabores.

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