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“Que la comida sea tu alimento y el alimento tu mejor medicina” Hipócrates

martes, 6 de agosto de 2013

El hombre pobre.

Había una vez un pobre hombre, muy pobre, muy pobre. Era pobre de bolsillo, pobre de corazón, y pobre de espíritu; fíjate si era pobre.
Vivía entre dos cajas los días de primavera, en aquel banco maloliente del parque en verano, en aquel portal frío los días de lluvia.
Pasaba las mañanas sentado en la esquina de la iglesia esperando que las ancianitas que por allí pasaban le dedicasen alguna sonrisa lastimera y alguna monedilla suelta. Las tardes las pasaba buscando algo que llevarse a la boca. Siempre recorría el mismo camino hasta llegar al mismo contenedor de siempre y buscar los mismos restos de basura de siempre: alguna lata a medio terminar, algún yogurt pasado de fecha, y con suerte, un trozo de pan.
Siempre la misma historia. Siempre el mismo problema. Siempre el mismo camino. Siempre la misma solución. ¿Para qué cambiar? No tenía la valentía suficiente como para cambiar su vida, pedir ayuda, arreglarse un poco, hacer algún cursillo de esos del ayuntamiento y buscar algún trabajo (recordemos que éste era un hombre muy pobre, muy pobre… pobre de bolsillo, pobre de corazón, y pobre de espíritu).

Una tarde, cuando se disponía a hacer su camino de siempre para llegar a su contenedor de siempre, se encontró con que éste estaba cortado por obras. ¡Vaya mala suerte! Ahora tendría que dar un rodeo por otro camino para llegar a su contenedor de siempre.
Se dio media vuelta y anduvo hacia el camino alternativo. Llegando a la esquina de la calle… ¡la virgen! ¡Un billete en el suelo! Un billete… ¿un billete marroncito? ¿anaranjado? …¿amarillento? Miró hacia un lado y otro de la calle: no había nadie. Se acercó poco a poco… se agachó y tomó el billete entre sus manos: ¡50€!
El pobre hombre saltó, gritó de júbilo, lloró de alegría… Nunca antes había sido tan rico.
Fue corriendo a un bar, y se pidió un festín, y comió… con ganas, como nunca antes había comido. Luego fue a una tienda de ropa y se compró un par de zapatos… Más tarde quiso ir a comprar una sudadera, pero vio que solo le quedaban 1’25€. ¿Dónde había ido a parar toda su fortuna?
El pobre hombre, muy apenado, se acostó en el banco maloliente (hoy tocaba parque).
A la mañana siguiente, como de costumbre, fue a la puerta de la iglesia. Al llegar la tarde, como de costumbre, se dispuso a ir a su contenedor de siempre. Pero esta vez, una idea cruzó su cabeza: cogería por el camino nuevo, con la esperanza de encontrar otro billete.
Andaba deprisa, con el corazón ‘encogío’, deseando llegar a la esquina del día anterior. Llegó. Ya la veía. Se acercó corriendo. ¿Y el billete? ¿Dónde estaba el billete? “Quizás aún no ha aparecido, esperaré aquí… no tengo prisa”. Y allí esperó el pobre hombre toda la tarde… y toda la noche.
A la mañana siguiente pensó que tal vez alguien se lo había quitado ya, así que ese día no se movió de allí. Esperó y esperó… pero el billete no aparecía.
Pasaron dos días y el hombre no se movía ni para buscar algo que llevarse a la boca.
Él seguía empeñado en que el billete caería del cielo. No se movía de su nuevo camino. Pasó el tiempo… y pasó…
A los cuatro días, estaba completamente deshidratado… Pero él no se movería de allí. Quería su billete, aunque eso le costase la vida.

Una mañana, el barrendero de aquella zona, encontró al pobre loco frío, blanco como la cera.
-Qué pena de vida malgastada…

            
                   


Y es que, lo que este pobre hombre no sabía era que no podía esperar a que cayese la solución a su problema del cielo. Las cosas no aparecen de la nada, hay que ir a buscarlas.
Claro que todos sabemos que este hombre no tenía ni la autodecisión, ni la fuerza, ni el coraje, ni las ganas de levantarse, abandonar su camino y empezar otro nuevo… (Recordemos que éste era un hombre muy pobre, muy pobre… pobre de bolsillo, pobre de corazón, y pobre de espíritu).

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