Hay veces que una puerta se cierra. Y hay veces que somos nosotros quienes cerramos la puerta. Hay varias formas de cerrar una puerta:
Está aquel que cierra la puerta suavemente, con miedo a que la puerta se quede atascada y no pueda volverla a abrir cuando crea oportuno. Aquel que la cierra tan, tan cuidadosamente que la puerta queda entreabierta. Y, de vez en cuando, se asoma por la rendija a ver qué ocurre al otro lado de la puerta. ¿Seguirá todo tal y como lo dejé? ¿Qué estará ocurriendo ahí detrás? Querría ser partícipe de todo ese mundo que medio ve por esa pequeña rendija, pero no sabe si puede, si debe... ¿Y si no puede volver a salir?
También tenemos a aquel que cierra la puerta con un gran portazo, sonoro y rotundo. No quiere volver a abrir esa puerta. A veces, este tipo de persona, echa una vuelta de llave a esa puerta y la tira al mar. Ahí, al fondo. Se marcha y lo que conoció tras esa puerta no lo vuelve a ver nunca más. Digamos que esta es, sin lugar a dudas, la postura más cómoda. Miles de puertas se encontrará en su camino. Muchas de ellas cerrará hasta encontrar lo que busca detrás de una.
No os confundáis. No es que esta persona sea orgullosa, ni soberbia, sino que simplemente sabe que esa puerta que cerró no le llevará a ninguna parte. ¿Para qué mantenerla abierta, entonces?
Por último, podemos distinguir a aquel que, enfurecido, cierra la puerta de un portazo. Sonoro y rotundo, sí, igual que el anterior. Pero esta vez hay una diferencia. Ha cerrado con tanto odio, con tanta rabia y tanta fuerza, que la puerta ha rebotado en el alféizar y le ha dado en toda la cara.
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| Cuidado al cerrar la puerta, no querrás acabar así. |

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